miércoles, 26 de agosto de 2009

EL REFUGIO DE FATIGA

Fatiga, así le dicen los chicos a Nahuel porque llega tarde todos los días a la escuela arrastrando los pies, tiene un guardapolvo largo que su mamá le compró para que le dure hasta que se case. Es flaco y uno de los más altos de mi grupo. Antes de entrar al aula deja al hermanito en primero, porque la mamá trabaja desde temprano y él tiene que andar con el chiquito todos los días del año, aunque caigan sapos de punta.
Abre la puerta del salón cuando ya estamos trabajando. La señorita Nelly le dice, ¡apuráte Nahuel!, ¡seguro que recién te levantás! Los chicos le cantan “Fati, Fatiga, Fatiguita seguro te duele la barriguita”.
Pero ni los chicos ni la seño saben que Nahuel se levanta cuando todavía está oscuro y prepara el desayuno para Javier, su hermanito. A la escuela va sin almorzar y en el primer recreo se compra un pancho.
En clase se lo pasa hablando, la seño dice “apagá esa radio”. En el recreo corre y corre, juega a los autitos chocadores y empuja a todos hasta que se arma lío porque alguno se cae o choca contra una columna, entonces a la maestra el maquillaje se le escapa de la cara como fuegos artificiales y grita:
– ¡Arrastrás los pies para venir a la escuela, pero acá corrés como una moto sin frenos!
Algunos se ríen y le cantan ¡moto sin frenos!, ¡moto sin frenos! Nahuel se pone loco y todos disparan. Las chicas se esconden en el baño de nenas donde él no puede entrar y se queda rabioso en la galería.
Cuando nos vamos de la escuela, antes de meterme al auto de papá, lo veo arrastrar otra vez los pies y que tironea a su hermano.
– ¡Mirá papi, ese es Nahuel!
– Sí, ya me dijiste -dice papá, cansado de que le hable de él.
Nahuel vive cerca de casa y hace poco me pasó lo mejor desde que he nacido - ¡y ya hace ocho años que nací!- mamá me dejó ir a la panadería sola y me lo encontré. Él me invitó a la plaza que está a unas cuadras. Al principio no quería ir porque me daba miedo, pero Nahuel me convenció:
– Es un ratito, te muestro la ciudad de unos amigos y volvemos.
En la plaza nos dirigimos al árbol más gigante, con unas ramas gruesas que salían de abajo de la tierra. Nahuel caminó sobre ellas, en puntas de pie y sin zapatillas. Me dijo que me sacara los zapatos y lo imitara.
– Mis amigos viven dentro de este árbol, son un poquito más grandes que las hormigas -me contó Nahuel mientras hacíamos equilibrio- algunos son flacos como un alfiler y otros gordos como una bolita, ¡mirá ahí va uno! ¿lo ves?, tiene tantos colores como los cachetes de la señorita Nelly. ¡Nos invita a seguirlo, vamos!
Nahuel empezó a achicarse hasta llegar a la altura del hombrecito al que llamó Scott y juntos se introdujeron por un nudo del árbol, yo iba detrás. Caminamos por un pasillo largo con muchos recovecos, nos cruzamos con vaquitas de San Antonio más altas que Nahuel y… ¡recién ahí me di cuenta que yo también era del tamaño de una goma de borrar muy usada!
– Bienvenidos a nuestra ciudad -nos dijo el pequeño portero- aquí sólo pueden entrar los que aman la naturaleza.
En ese momento nos cruzamos con muchos seres coloridos, parecidos a Scott. Todos estaban muy ocupados, empujaban carretillas, cargaban palas y baldes, rastrillos.
– ¿Qué hacen? -me animé a preguntar.
– Nosotros somos los cuidadores de esta plaza. Tenemos que lustrar las hojas de los árboles, si una plantita está herida nuestra ambulancia sale a curarla, redondeamos las espinas de las rosas para que no lastimen, hacemos reuniones terapéuticas con las mariposas y los pájaros que están temerosos porque los cazan o rompen sus nidos.
– ¿Y quién es tan malvado que hace eso? -pregunté.
Mi nuevo amigo me miró tristemente y dijo:
– Los humanos.
Recorrimos parte de la ciudad porque era muy grande. Uno de los lugares que más me llamó la atención fue la “Enfermería para Peces” donde, en camillas de agua, estaban panza para arriba miles de pececitos. Algunos tenían una aleta lastimada, otros habían perdido sus bellos colores y estaban grises. El enfermero pintor los acariciaba hasta que de tan felices volvían a recuperar sus tonos.
– ¿Por qué no tienen colores? -preguntó Nahuel.
– De tanto llorar por las latas y las bolsas que las personas tiran en la fuente de agua donde ellos viven -explicó Scott y después de un suspiro largo agregó- ¡por hoy basta de preguntar, continuamos en la próxima visita!
Dicho esto Nahuel se infló y creció. Los dos estábamos apoyados en el árbol cuando vi que mamá cruzaba la plaza. Me puse las zapatillas y salí corriendo a alcanzarla. No sabía cómo iba a explicarle mi tardanza, pero mucho menos qué le iba a decir del calzado, porque apurada me puse las gastadas zapas de mi amigo que -acostumbradas a su dueño- me obligaban a arrastrar los pies.

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