sábado, 24 de enero de 2009

LOS ROSTROS DEL AMOR

La joven ha salido dispuesta a encontrar el amor en su piel. El cabello al viento y llenos de arena sus pies, recorre grandes ciudades, pequeñas aldeas, soles y duras tormentas amenazan con arrugarla. Pero siempre hay un sabio escondido en los que salen a buscar y la voz que todo lo sabe la guía a un lugar:
– Ves esa antigua casa, entrá sin llamar. Dejá en el zaguán las ideas sobre el amor y despojada de preconceptos andá sin temor.
Ella abre sigilosa el portal de la casona. Adentro ve tantas puertas, se pregunta ¿en cuál ingresar?, ¿dónde hallará esa alma que espera sin recordar, que intuye sin razonar?
Mira a su derecha y abre una puerta. Allí hay una gran calesita que no deja de andar. Un joven sentado en una avioneta la invita a subir. Giran y giran, la música fuerte no los deja hablar. Él se desprende con su avioneta y sale a volar, por una grieta en el cielorraso se escapa de aquel lugar. Ella no sabe si es el mareo o si ocurrió de verdad.
Mira las puertas que quedan y una se abre invitándola a entrar. El piso es un gran reloj, sobre el segundero un joven se desliza como en una pista de hielo. Extiende su brazo para que lo acompañe a dar las tres vueltas que él allí permanecerá. Ella da un salto cortito y queda sobre la aguja pequeña que parece no moverse jamás. Son sólo tres vueltas para que ella pueda contar lo que guarda su alma desde milenios atrás. Revolea los brazos y habla sin parar, tiene la garganta seca y el corazón por llorar. A él lo ve pasar y cumplidos los giros se diluye en el segundero. El joven queda pegado en el tiempo sin detenerse jamás.
La tercera habitación es una pecera donde un joven fluye con destreza. Ella va al agua, nadan libres, livianos, hacen burbujas y se acurrucan entre las algas. Como él posee la eternidad pueden allí mil años estar, pero ella se siente ahogar, debe salir a respirar. Cuando su pequeña nariz roza el aire la pecera se raja, el agua se escurre y ve los pies del muchacho que por una cañería se van.
La cuarta puerta es tan colorida que la atrae. Un arlequín la invita a jugar. Danzan, hacen piruetas, improvisan historias una detrás de otra sin parar. Se escuchan aplausos, risas y llantos según representen un drama o una comedia. Después de cien obras ella le pide descansar. ÉL no sabe de qué le habla, no conoce relojes, sólo cantar y saltar. Ella agobiada se va del lugar.
La última puerta es tan brillante que la encandila al pasar. Dentro un joven rey la espera sentado en su trono. Le indica un sillón, que se siente y sea la reina de aquel lugar lleno de oros, copas, espadas y bastos. Todo la ha obnubilado y está por entrar cuando ve los barrotes de la jaula que encierra aquel palacio irreal. La reina prisionera sale volando como una pajarita asustada. En el zaguán un joven esbelto le susurra al pasar:
–¿Qué es lo que andabas buscando que no pudiste hallar?
Ella, sin mirarlo, responde:
– Quiero al rey jugando como el arlequín, que en la pecera tenga segundero y en el reloj se olvide del tiempo, ande en calesita y se detenga antes de hacerme marear.
El joven de cinco rostros se entristece al verla escapar temerosa de que tantos seres puedan en uno habitar.


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