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jueves, 8 de octubre de 2009

APUESTA HISTÓRICA.

En los años de escuela primaria la señorita Turdemialle sufrió varios desaciertos, una de sus mayores frustraciones fueron las adivinanzas. Cuando la maestra decía uno de esos acertijos y la señalaba para que diera una respuesta, ella se ponía turquesa y nunca le daba con la tecla. Admiraba a sus compañeritos porque sabían que la que pasa por el agua y no se moja nada es la luna; o la que sale de la sala y va a la cocina meneando la cola, es la escoba.
De esas humillaciones surgieron los primeros escritos en su adolescencia. Verdaderas obras de arte, reliquias que se hubieran perdido en la fosa común donde duermen eternamente las ideas de grandes genios que no vieron la luz por falta de genialidad en los consumidores.

A esos textos vírgenes la señorita Turdemialle los llamó “Venganza a la Adivinanza”. Con ellos realizó una encuesta entre los tres antiguos compañeros que tenían mayor habilidad en la materia. Así fue que Facundo (un abogado que usaba camiseta y corbata), Pamela (una cantante a la que se le atragantó la carrera) y Lisandro (un otorrinolaringólogo que llevaba colgado su título de la nariz como todo profesional que se precie); accedieron al desafío que les propuso la Turdemialle:
– No creo que sean capaces de hallar respuesta a las adivinanzas de mi invención –dijo contundente nuestra amiga.
Durante los años que duró aquella dura apuesta, se registraron visitas de la Turdemialle a los hogares de los viejos compañeros a altas horas de la madrugada para que respondieran a sus recientes creaciones según lo convenido.
Así recordó el Doctor Facundo aquellos tiempos en una entrevista que se le realizó en el geriátrico:
“Para mí Turdemialle es sinónimo de frustración. Cuando accedí a lo que ella se refería como R.E.P.U (Ruptura y Escape del Pensamiento Único), no pensé que iba a ser una experiencia inolvidable, como cuando la puerta te atrapa el dedo. Ese es el origen de “la repu” ante situaciones adversas que luego se extendió a “la república”. Nunca llegué a dar con la respuesta precisa, pasaba noches sin dormir, me costó mi reputación como abogado y el repudio general de todos mis clientes. No repunté más, hasta el día de hoy -auque no se note- no me he repuesto y cualquier resonancia parecida a un timbre me provoca un repullo. Por ella abandoné mi profesión y me dediqué a hacer repulgues de empanadas y pasteles hasta la repugnancia.”
A pesar de los recuerdos, un tanto duros del anciano, una jovencita perteneciente al grupo TINTA (Testamento Invalorable de la Turdemialle Artista) ha dicho -respecto a las declaraciones antes mencionadas- “ese Facundo no era más que un compañerito de escuela resentido”.
Los TINTA han escrito en las paredes reconocidas frases de la artista. Ella se inspiraba en sus recorridos por las verdulerías para alimentar al gorila. Verbigracia:
“Lo que quiero decir está escrito, lo demás es verdura”
“Me baño todos los días, como hace el verdulero con las plantas de lechuga, sólo para que parezca que no estoy muriendo”
Regresando con el hilo de Ariadna, para no perdernos en este bello e intrincado laberinto que fue la vida de nuestra amiga, es mi deseo que conozcan algunas de las cientos de adivinanzas que enloquecieron a don Facundo (los otros dos enmudecieron, por lo que nunca dieron testimonios al respecto).
No me queda más que decirles: si se animan léanlas y si pueden ¡adivinenlas!

Aclaración: En la sección “Venganza a la Adivinanza”, que próximamente dará la vuelta al mundo, hallarán la reliquia prometida.








domingo, 27 de septiembre de 2009

ADOLESCENCIA ENCUENTADA

La señorita Turdemialle escuchó maravillosos cuentos de gran influencia en su vida literaria y su accionar diario, especialmente durante aquellos años encantados (o encuentados) de la adolescencia.
“La Cenicienta” le dejó la esperanza de la llegada del Príncipe Azul. De esa expectativa le quedó una práctica: dejar olvidado intencionalmente un zapato en diversos lugares como restaurantes, teatros, carnicerías o el transporte público. La vieron en reiteradas oportunidades llegar a su casa a las chuequeadas y rengueando con un solo zapatito. Esos actos románticos -descabellados según sus vecinos- dieron como resultado que tocaran el timbre de su casa jóvenes muy honestos llevándole el zapatito perdido, entre ellos el acomodador de un cine que le ofreció ver películas gratis; un mozo muy romántico que le obsequió restos de comida; y el dueño de una zapatería que le regaló cientos de zapatos que nadie compraba, pasados de moda y dos números menos que los que ella usaba. Tener los dedos apretujados le provocó fuertes jaquecas, callos, contracturas desde la cervical a la cintura y la inigualable cara de ceño fruncido que le dibujó las primeras arrugas en el entrecejo. Esto la convenció de que la búsqueda del Príncipe Azul iba por otro lado.
Trajo a la memoria la historia de la “Bella Durmiente” y decidió que ese era un buen método para encontrar un enamorado. Primero durmió largas siestas en su casa, pero al despertar todo seguía igual, entonces se dio cuenta que la tenían que ver durmiendo los demás. Así conocieron su nueva práctica los árboles de diferentes parques y plazas. Antes de dormirse colocaba un cartel colgado de uno de sus pies:
Si me despiertas con un beso
serás mi príncipe azulado
te lo juro, te prometo
te perseguiré a todos lados.
Los caminantes, las señoras que sacaban a pasear el perrito, los vendedores ambulantes, todo el que por allí pasaba se detenía y esta frase pronunciaba:
– ¡Qué idea más descabellada!
Se despertó por un pájaro que no llegó al baño y le trajo suerte, a causa de un fuerte viento que la dejó colgada de la rama de una araucaria y por un chaparrón que le regaló atchís durante un mes; pero el esperado beso nadie se lo dio.
Por último se puso frente al espejo para preguntar aquello de “espejito, espejito”; pero no alcanzó a pronunciar palabra porque su imagen al “Patito Feo” le recordó. Es que de tanto decirle “descabellada” casi sin pelitos se quedó.



jueves, 24 de septiembre de 2009

HOMENAJE A LA TURDEMIALLE (Post mortem)

(En el centésimo décimo quinto aniversario de su nacimiento)

PRIMERA ENTREGA: “A los artistas el arte nos trae artritis”

La señorita Turdemialle vivía en un pequeño departamento y escribir era su entretenimiento.
Todas sus amigas, cuando venían a tomar el té con leche, dedicaban un tiempo de su apretado ocio y escuchaban alguna de las historias escritas por la señorita Turdemialle.
– ¡Qué creatividad exuberante!
– ¡Tu cabeza encierra una mina de oro!
Fueron algunas de las frases que convencieron a la talentosa señorita a dejar de lado el pudor y participar en cuanto concurso literario se le presentó.
– Buenos días -dijo un día uno- soy de editorial Libros Pedantes no son los de Antes, le informo que organizamos un concurso bianual sobre la valoración de las antigüedades.
Esa noche la señorita Turdemialle escribió un emocionante cuento sobre la cristalería de su abuelita. Como era de esperar -menos por sus amigas- se ganó una mención honorífica que le llegó por correo certificado, pago contra reembolso. Cuando abrió la encomienda se emocionó ante una colección antiquísima de enciclopedias, con importantes términos que ya no se usaban y las pesadas tapas conservaban el polvo dándole ese invalorable toque naturalista. La señorita Turdemialle se sintió feliz como “chico con zapato nuevo” (en este caso usado). Sólo una pequeña duda la invadió cuando tuvo que regalar a la Biblioteca Popular sus novísimos libros, porque no entraban en su angosta estantería.
El segundo concurso lo leyó en un afiche colgado en una casa naturista. “Cuidemos el medio ambiente” era el lema en esa ocasión y ahí nomás, entre cereales y helados dietéticos, se inspiró y meta metáfora y rima una poesía escribió. Qué susto se llevó cuando le anunciaron por teléfono que había ganado. El primer premio consistía en una escultura de bronce representando un árbol perenne (es decir con hojas y todo), al que por un artilugio técnico, si lo enchufaba con un cable que le salía del tronco, en verano daba frutos bronceados.
A la señorita Turdemialle a partir de ese hecho no paraba de sonarle el teléfono, ya sea para felicitarla por el premio o -los envidiosos de siempre- para expresarle su desaprobación porque tiró todas las macetas florecidas por el balcón. Aunque trataba de explicar que tuvo que hacerlo para darle un espacio digno a su premio, hay gente que no entiende. Ese día se dio cuenta de su esencia de artista: “todos cargamos la mochila de la incomprensión”, se lo dijo al reportero que la reportó del diario en cuanto pudo.
Esa frase la consagró a formar parte de un limitadísimo Club de Intelectuales, gracias a lo cual recibía a diario las novedades de los concursos que se realizaban desde Zaldungaray a París, desde Daireaux a Nueva York. No le alcanzaba el tiempo para leer las bases, que detallaban de pe a pa las instrucciones para participar. Paso a dar unos someros ejemplos:
“Puede participar cualquier persona que sea mayor de edad, aunque no tanto porque debe estar viva en el momento que se dictamine el fallo dentro de diez años”.
“Los trabajos se reciben desde el día 12 hasta el 13 del presente mes, a las 0 horas. No se tendrá en cuenta fecha de matasellos de correo”.

Comprendió que si continuaba leyendo instructivos iba a perder su halo inventivo. Así se decidió por un concurso que fue fácil escribirlo, porque había que motivarse en los colores y sus matices. La señorita Turdemialle se colocó frente al espejo y observando su maquillaje escribió un cuento que los más ásperos críticos internacionales coincidieron en afirmar: “estamos frente a la literatura del futuro: beyond the absurdity”; libremente traducido al castellano: “arriba con los zurdos”. Lo que sonaba lógico porque ella escribía con la mano izquierda.
El sumun de la absurdidad todavía no estaba escrito en las páginas de la literatura, sino que lo llevarían a cabo en vivo y en directo unos chambones que le trajeron el premio: un mural de 2 por 5 metros de alto que tuvo que colocar en forma invertida porque no le daba la altura del techo. Lo subieron por escalera hasta el décimo G contrafrente. Tardaron varios días y tuvieron que dormir en la cocina de la señorita Turdemialle. Los que estaban fastidiosos con todo este batifondo fueron los del consorcio, que les dieron el flete a los fleteros que -de puro comedidos- colgaron el mural con unos clavos que traspasaron la pared y se hizo una rajadura de arriba abajo, es decir desde la terraza a la puerta de entrada del edificio.
“A los artistas el arte nos trae artritis”, fue uno de los titulares en que mostraban a La Turdemiall -como empezaron a llamarla, sin la e final- arrastrando todos sus muebles a la calle para acomodar los últimos premios adquiridos:
Una cortina de hierro y miles de armas destruidas por el cuento “A la paz no hay con qué darle”.
Un gorila tamaño gorila (respirando y todo) dentro de una jaula.
En realidad esto último no fue producto de un premio sino una confabulación por parte de los cuidadores del zoológico que vieron a los animales entusiasmados leyendo el único cuento que se editó en vida de la señorita: “Zoológico para humanos”. Se armó una revolución de bichos y los peores de contener fueron los gorilas. Por ese motivo le enviaron uno que estaba hecho una fiera, con un cartelito colgado al cuello que decía: “si usted pregona la liberación animal, hágase cargo: más de mil bananas diarias”. A La Turdemiall le pareció una exageración, pero de todas maneras se hizo eco del asuntito y desde ese día hasta su fallecimiento se la vio recorriendo mercaditos y ferias callejeras para adquirir la cantidad de fruta necesaria y mantener calmado al único y verdadero amigo que le hizo dos favores: comió el lápiz que la señorita usaba para escribir y le cerró los ojos.
Hoy día cualquiera puede visitar la casa de la Turdemiall que, por decreto de no sé quién, es un museo para que la posteridad se entere de lo que no se percataron sus contemporáneos: que allí vivió esquivando premios una artista.
Para el que quiera visitar el lugar, un dato: el municipio mandó a hacer un cartel indicador que costó fortunas, tiene una flechita indicando hacia arriba (¿será porque está en el cielo?) y su apellido escrito “Toursdemiá”. Que disculpe el error de imprenta quien en vida fuera incomprendida y póstumamente se la ha calificado como “la señorita que le florecían premios de las manos”.
Sin aspiraciones de poeta concluyo, que algún premio vuele a su sacra tumba olvidada.