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miércoles, 1 de julio de 2015

Noche de luna, amores y cuentos

Noche de hermosa Luna Llena de julio



que ilumina amores de cuento

¿o cuentos que son amores?

La Cachacienta es un cuento de mi autoría ilustrado por Pilar Argés. En alguna otra noche de Luna Llena, les contaré cómo sigue esta historia...

¡Gracias querida Pilar por esta nueva creación que nos une!




viernes, 26 de junio de 2015

El invierno y los cuentos

Hace frío
vení que te abrigo
hacen faltan historias
que nos den  calor

Que enciendan la magia
de abrir en la noche
la luz más potente
de un farol o el sol



Para seguir leyendo historias en Fogatas y cuentos



lunes, 25 de mayo de 2015

Un cuento que sube a escena cada 25 de mayo

La docente Nora Pereson nos cuenta lo que sucedió con la historia "Corcho Quemado y Peinetón"


" Al leerlo me pareció que representaba el presente y el pasado tan bien unificado y dije: VAMOS A CREAR UN PUENTE ENTRE EL PASADO Y EL PRESENTE. Redacté la invitación y no tuvimos dudas, Corcho Quemado era nuestro hilo conductor, ese puente que queríamos construir. 

Les cuento que somos una escuela rural con 3 salas plurigrados en primaria y mi sala de Nivel Inicial múltiple de 4 y 5 años. Nos organizamos de esta manera:

Nivel Inicial invitó a primer y segundo grado, en el marco de la articulación, a compartir el salón y representamos el pasado colonial, como en el cuento. 

Otro de los salones tuvo en cuenta la transición. Invitamos a los dos abuelos más adultos del Paraje El Carmen para que nos cuenten la vida de los inicios de nuestra colonia, cuando no había aun escuelas, ni caminos asfaltados, (hoy nos uno la ruta 31). Nos contaron sus vidas a carro y jardinera. La abuela Carmen nos enseño a cambiar un bebé con pañales de tela con chiripa y todo. Fue muy movilizador.

En el tercer salón se representó el presente, con colores celeste y blanco y un taller de dibujo y de escarapelas. Usando nuestro proyecto institucional del cuidado del medio ambiente utilizamos tapitas de gaseosas para confeccionarlas. 

¡Fue hermosa la participación de las familias! Todos nos unimos en tres equipos con un tiempo estipulado para recorrer los tres salones. Claro, el de Inicial fue al que todos querían llegar porque "Corcho Quemado" ¡ya era un éxito! 

Preparé mi sala de esta manera:. Un rincón con mucha bibliografía, carteles, libros, imágenes. alfombritas para sentarse y escuchar el cuento y tres mesas con indumentarias, accesorios y ¡los corchitos quemados!  Los participantes formaban tres grupos. El juego consistía en caracterizar a diferentes personajes coloniales y todos sí o sí tenían que usar el corcho quemado. 

¡Terminamos a puro ritmo y desfile! 

Fue una experiencia tan maravillosa lo que generó el cuento que todos los profesores de arte que itineran por otras escuelas rurales solicitaron el cuento y me pidieron permiso para realizar la dinámica que se me había ocurrido en mi sala. 

En mi búsqueda de nuevo material para presentar a mis alumnos, el encuentro con "Corcho Quemado y Peinetón" quedó para siempre en mi corazón."


Y en mi corazón querida Nora quedan las historias como la tuya que, a la manera de Javier Villafañe, suben los cuentos a esas jardineras de las que hablás, y los hacen andar por los caminos...

¡Así preparó Nora la sala para contar el cuento y pintarse todos con corcho quemado!
                                                   




Compartimos esta historia con Nora, para todos lo que quieran tomar el cuento 
"Corcho Quemado y Peinetón" de mi autoría y la hermosa experiencia de llevarlo a las aulas.


¡Gracias Nora por este Intercambio Creativo!

¡Gracias Sandra Luz de Mi Sala Amarilla que hiciste de luminoso puente para que esta 

historia llegara a muchas escuelas del país y nos diste la posibilidad de conocernos 

con Nora, la historia  

de ella, sus alumnos y toda la escuela!

¡Queda abierta la puerta para nuevas experiencias!




¡Feliz día de la Patria!

Esta patria que, como en esta historia, la hacemos 

entre todos.





sábado, 7 de febrero de 2015

A mi madre, en su cumpleaños

Ahora que sé todas las letras
hace tiempo que no escribo
                                 MAMÁ


En la escritura -cuando se toma como núcleo un recuerdo- no se está recreando la situación tal cual sucedió sino la emoción que ella provoca.
Cuando escribí los cuentos vinculados a historias que mi madre me había contado de su infancia, los leyeron ella y otros miembros de la familia. ¿Era así como sucedió? Mi madre, sabiamente, dijo:
Está intacta la emoción que sentí al vivirlos.

Y sí, lo demás es anécdota.


Hoy, celebrando un nuevo nacimiento de mi mamá, comparto algunos de aquellos cuentos


Cuento: Repelentes manjares 



En el comedor, sentada en una silla de alto respaldo, estaba la señora Dolcet. Había un gran reloj con un péndulo de bronce y un tic tac más estruendoso que el del reloj de mi querido doctor Daroqui. Pero eso no me llamó demasiado la atención, tampoco los fastuosos muebles o la mullida alfombra. Sí me sorprendió aquella esbelta mujer que, indiferente al polvo y la bosta, usaba unos impecables guantes blancos. Si moverse, me miró de la cabeza a los pies, un recorrido rápido, pero inquietante.
– Voy a ser breve. Tengo cuatro hijos, tres varones y una niña, tenés que ocuparte especialmente de los dos mayores, enseñarles las primeras letras, a comportarse en la mesa  y cuidarlos durante el día.
Luego me pidió que la siguiera hasta la cocina
– Les presento a la nueva institutriz. Cualquier cosa que desee es una orden.
Antes de que pudiera reaccionar mi dueña estaba saliendo de la cocina y nuevamente me indicaba que la siguiera. Caminaba ligero, apenas podía escoltarla tres o cuatro pasos detrás. Cruzó el comedor y un largo pasillo al que daban varias puertas, se detuvo en la última.
– Tu dormitorio. Los niños no te van a fastidiar de noche. Las horas del almuerzo y la cena son sagradas para mí.
 Luego comenzó a desandar el pasillo y cuando ya estaba por cerrar la puerta, sin darse vuelta, ordenó:
– A las 21 en el comedor.
Ni una sola pregunta sobre mi vida. Me había aprendido de memoria cómo le iba a explicar que tenía apenas tercer grado pero me gustaba mucho leer y no sé cuántas otras cosas que ensayé inútilmente en casa. Sola en medio del cuarto todavía creía escuchar el retumbar de sus tacos. Me senté en la cama y miré el bolso, único vestigio de que existía algo mío, que podía romperlo o abrazarlo y aquella mujer no diría nada porque el bolso no era de su propiedad. Yo sí.
Quiero irme.
Todo mi cuerpo y mi pensamiento decían quiero irme, pero cuando llegué al comedor mi apariencia era la de alguien que está donde desea estar. Durante el almuerzo los niños debían respetar ese silencio sepulcral que la señora deseaba, un minúsculo ruido de la silla o de los cubiertos al chocar con el plato la exasperaba. Sentada allí sentí fríos los pies sobre la alfombra, la boca seca y un angostamiento interior que repelía los más sabrosos manjares tantas veces deseados. Tener todo ante mis manos: el pan, el vino, la fruta, lo dulce y lo salado. Tener todo y no atreverme a extender el brazo para tomarlo. Terror de hacer un movimiento fuera de lugar, de tomar incorrectamente los cubiertos o no saber pelar esa naranja real, pero tan inalcanzable. Esa mujer me aniquilaba hasta un deseo tan animal, urgente y biológico como es comer.  Ah, que saciedad, pero qué languidez. Sentí añoranza de la sopa en lo de tía, de ese ruido que delataba el raspar de la olla, del piso de tierra de casa.
Estuve en la estancia tres meses que me parecieron años. No logré muchas cosas ahí, pero fueron de peso. El odio respetuoso de la cocinera que no dejaba de tratarme de “usted señorita”, el enamoramiento que llegué a sentir por el hijo de un estanciero vecino que venía todas las tardes y la admiración de Anita -la hija de la lavandera- una muchachita flaca, desnutrida, que apenas sabía las primeras letras y por eso la deslumbraban mis conocimientos cuando salíamos a caminar los domingos. Sólo había ido allí a buscar trabajo y descubrí las más fuertes emociones, comprendí de qué manera insólita y rebuscada se entretejen los sentimientos y las relaciones humanas: El odio de la cocinera por mi posición de “institutriz”; todo el rencor de lo que ella no podía ser depositado en el lugar de privilegio que yo ocupaba en la casa, una recién llegada que podía sentarse en el comedor. El amor hacía un hombre que, como se encargó de hacérmelo notar la cocinera  “no es para usted señorita”. ¿Acaso mi amor era del mismo origen que el odio de ella,  amar lo que se quiere llegar a ser? Deseaba caminar de su brazo por el parque y, sin embargo, cuando una mañana encontré un papel que había pasado por debajo de la puerta de mi cuarto donde me invitaba a encontrarnos esa tarde, no asistí porque creí en la maldita sentencia de la cocinera. Finalmente la admiración de Anita, que me condenaba a la perfección, para no defraudarla. Escapar era lo que quería. Escapar con la misma intensidad del odio y del amor. Del dolor y la felicidad.
Dios me escuchó y mandó una chancha en mi ayuda. Esa tarde, después de noventa y tres días contados uno por uno, regresaba de caminar con los dos niños mayores. Como se hacía de noche y estábamos cansados decidí cortar camino cruzando por el cuadro donde estaba el chiquero. A una de las chanchas le inquietó nuestra presencia  y avanzó hacia nosotros. Corrimos hasta el alambre de púas, los chicos pasaron primero y cuando fui a saltar salvé la pollera, pero un tajo profundo y liberador me cruzó desde la rodilla al tobillo. Cuando llegué a la casa el señor Dolcet dispuso que en ese momento saliéramos para el pueblo a que me viera un médico. Su mujer no estaba conforme, temía que no regresara. Antes de subirme al auto me dijo:
– Acordate que te necesito.
Necesitar a alguien. Esa mujer no tenía idea sobre ese maravilloso vértigo que es necesitar; esa conjunción única de saberse inseguros, pero calmos en la vulnerabilidad.
El doctor Daroqui era el médico de mi familia. Su esposa nos hizo pasar al garaje que funcionaba como sala de espera. Tenía en un rincón, sobre una mesa ratona, un rústico reloj de madera cuyo tic tac era menos estruendoso que el de la señora, pero más penetrante. Me tranquilizó su monótona y familiar sonoridad. Cuando el doctor abrió la puerta ya casi estaba curada. Al pasar a su lado tocó tiernamente mi cabeza y dijo:
– ¡Tanto tiempo! Supe que estás en el campo, por aquí se te extraña.
Me hizo sentar en la camilla, pero poca importancia le dio a mi pierna, se detuvo en mis ojos y luego le dijo al señor Dolcet:
– Esta señorita no puede volver a trabajar al campo, al menos por un tiempo, no me gusta nada esa herida.
Después le pidió que se retirara. Pensé que me iba a hacer algunas preguntas sobre lo ocurrido, pero en cambio dijo estas palabras que jamás olvidaré:
– Ellos tienen sus amigos y vos me tenés a mí.
Pasaron muchos tic tac. Se curó la herida de mi pierna y otras quedaron abiertas. A la estancia no regresé jamás. Pasaron muchos tic tac, tantos que se paró el de tu corazón doctor y siguió andando el del reloj, materialidad que se permite la insolencia de sobrevivir. Un día se remataron las cosas que tenías y compré el reloj. Ahora está en el comedor de casa pero no funciona, tiene una sola aguja y olvido darle cuerda. Aunque a veces, hecho sobrenatural que me recuerda que somos algo más que un cuerpo, empieza a funcionar solo. Tic tac que se empecina en evocarme tus tic tac y entonces prendo velas como la abuela Ignacia y te rezo, bajito, con estas simples pero sentidas palabras:
– Quédate en paz Espíritu porque me tenés a mí y a muchos otros muchachos y muchachas que sin dinero curaste.
Después, mientras la vela se funde, me quedo quieta escuchando el latir del reloj y el de mi corazón mientras pienso: la vida es esto, un tic tac que se apaga y un tic tac que se enciende.

Para leer otras historias, de la misma serie de cuentos:
Jurado integrado por Eduardo Alfredo Sacheri, Graciela Alicia Falbo y Julio Varela



sábado, 17 de enero de 2015

Mariposas

Cuento onírico. Mensaje para tod@s l@s que extrañan a alguien...

Murió papá.
Voy a buscar a mi pequeño niño a la escuela.
Estamos esperando con el niño, sentados. Hay otros niños que también esperan.
En el portal de la escuela aparece una bella mariposa inmensa, con alas capaces de llevarnos en ella, envolvernos.
La mariposa gira, se balancea, se acerca y se aleja ante nuestra vista.
Estamos deleitados, todos. El mundo ha hecho silencio ante la mariposa.
Filamentos plateados, luz pura cae de ella.
Se eleva y se pierde de nuestra vista.
Regresa y se acerca aún más, pero sin pasar el portal. Una de sus alas entra. Posa su ala izquierda sobre nosotros y roza levemente nuestros hombros.
Oh, Cielo.
El niño y yo hemos sido acariciados.
Se va. Extasiados elevamos los mentones y estiramos los cuellos. Nuestras miradas se dirigen hacia el techo de la escuela, pero…
No hay techo.
No hay techo.

 ¿Lo has comprendido?
No hay techo.


Ana Gracia


Ilustración Miguel Roccanova


Ilustración Guillermina de la Cal
 

Ilustración Patrice Blanco


Fotografía Francia Rosa Esquea



 Fotografía Diana Silvia Haiek




 
                                                                                 Fotografía Angie Guimil




  Fotografía Patricia Lasarte



 
Fotografía Javier Costa


                                                                                         Fotografía Jordana Folgheraiter

Fotografía María Laura Burattini




 Fotografía Viviana Paglino



Empezamos el año con un nuevo Intercambio Creativo
¡Gracias a tod@s l@s que compartieron sus fotos e ilustraciones para participar de este encuentro de mariposas!





 

martes, 6 de enero de 2015

Feliz Día de Reyes


Con la ilustradora Guillermina de la Cal ideamos un Cuentalmanaque

En enero comienza una historia que el tiempo dirá cómo continúa...

Les dejamos este regalo de Reyes a los que aún tienen deseos, creen y esperan




¡Gracias Guillermina, un placer crear con vos y comenzar el año con un nuevo Intercambio Creativo!

Blog de Guillermina de la Cal

miércoles, 10 de septiembre de 2014

A los maestros

Con Sandra de Mi Sala Amarilla queremos celebrar junto a los compañeros maestros y regalarles esta tarjeta en su día





Los invito a leer mi cuento sobre el maestro DROME (presentada la historia por otra querida maestra y amiga Pilar Argés)


Y palabras para reconocer a un maestros




¡Feliz día a tod@s los maestr@s amig@s!

martes, 5 de agosto de 2014

El nieto 114, el nieto de Estela

Hoy comparto este cuento para celebrar que se ha encontrado otro nieto y en agradecimiento a esas mujeres tan admirables, las abuelas, que no dejan de buscarlos y son un ejemplo de amor a la vida.

Sauces Llorones y Nomeolvides

No te olvides que hubo un día en que todos los árboles y todas las flores fueron Sauces Llorones. Su tristeza era tan grande que arrastraban las ramas, los pétalos y las hojas. Hasta los troncos se doblaron.
Nada tenía fuerza desde que vino Cazador Furioso y encerró todos los pájaros. Al encerrar los pájaros encerró los cantos. Silencio se escuchaba y nadie quería danzar. Hasta el sol fue un sauce con los rayos caídos.
Cazador Furioso quería todo el canto para él, pero los pájaros en prisión no quieren cantar. Les daba el alimento. Silencio. Los asustaba con su cara de malo. Silencio. Los quería engañar poniendo cara de bueno. Silencio. Movía la jaula de acá para allá y nadie cantaba. Un día les preguntó:
– ¿Por qué no cantan?
Nadie respondió.
Cazador Furioso cada vez estaba más furioso. Hacía fufufuuu y le salía humo por las orejas, fuuu un humo que dibujaba manchones negros en el azul del cielo.
Un día un pajarito empezó a mover sus alas y tocó a los demás. Dio un saltito y pudo volar un poco dentro de la jaula. Al otro día lo imitó una pajarita. Y otra más. Y otro más. ¡Armaron mucho alboroto empujando con sus alas y despertando con su salto a los que estaban dormidos! Al moverse los que estaban arriba, los de más abajo -casi aplastados- sacudieron las plumas.
Pipi pipi pi pipi pi pi
Tenían ganas de cantar y empezaron a hacerlo cuando Cazador Furioso dormía.
Los árboles y las flores los escucharon y levantaron de a poquito su cuerpo llorón.
Pipi pipi pi pipi pi pi
En esos pequeños vuelos se hicieron fuertes y esperanzados. Escuchar sus propios cantos los alentó. El primer pajarito volador fue el que tuvo la idea, se las contó en esos vuelos enjaulados y nocturnos. Les propuso pipi pipi pi pipi pi pi para hacerlo un día y otro día, hasta que al fin estuvo completamente hecho.
Pi pi
Tiqui tiqui ti
Pi pii pi
Tic tiqui tiqui tac
De esa manera todos los árboles y todas las flores se convirtieron en Nomeolvides. Fue el día que los picos abrieron la jaula como se abre una flor. Los barrotes fueron pétalos y los pájaros volaron hacia el cielo de la patria libre, un cielo digno de volar.
No me olvides, no te olvides, no nos olvidemos lo dicen con su vuelo, con su canto, con su pico todos los seres vivientes y sobrevivientes.


La ilustración pertenece a Patrice Blanco, realizada especialmente para este cuento.
 ¡Gracias Patrice por estar siempre dispuesta a compartir, crear con otros y participar en estos Intercambios Creativos espontáneos!

Los invito a visitar el blog de Patrice 

lunes, 28 de julio de 2014

El placer de escuchar cuentos

Otro de mis cuentos ha tenido la enorme alegría de estar en el programa radial de Maridé Minor.

Subo la grabación del programa, que Maridé tiene la gentileza de compartirla.

Entrevista al escritor Franco Vaccarini.
Palabras de Laura  Devetach.
Un cuento de mi autoría: El desencuentro de la muerte.





Al programa de Maridé lo pueden escuchar los viernes a las 19 horas,  por Radio Sofía.

Gracias Maridé!!!

Para ver el blog y escuchar otros programas visiten:
La Fábrica de Cuentos

domingo, 1 de junio de 2014

EL REFUGIO DE FATIGA

Fatiga, así le dicen los chicos a Nahuel porque llega tarde todos los días a la escuela arrastrando los pies, tiene un guardapolvo largo que su mamá le compró para que le dure hasta que se case. Es flaco y uno de los más altos de mi grupo. Antes de entrar al aula deja al hermanito en primero, porque la mamá trabaja desde temprano y él tiene que andar con el chiquito todos los días del año, aunque caigan sapos de punta.
Abre la puerta del salón cuando ya estamos trabajando. La señorita Nelly le dice, ¡apuráte Nahuel!, ¡seguro que recién te levantás! Los chicos le cantan “Fati, Fatiga, Fatiguita seguro te duele la barriguita”.
Pero ni los chicos ni la seño saben que Nahuel se levanta cuando todavía está oscuro y prepara el desayuno para Javier, su hermanito. A la escuela va sin almorzar y en el primer recreo se compra un pancho.
En clase se lo pasa hablando, la seño dice “apagá esa radio”. En el recreo corre y corre, juega a los autitos chocadores y empuja a todos hasta que se arma lío porque alguno se cae o choca contra una columna, entonces a la maestra el maquillaje se le escapa de la cara como fuegos artificiales y grita:
– ¡Arrastrás los pies para venir a la escuela, pero acá corrés como una moto sin frenos!
Algunos se ríen y le cantan ¡moto sin frenos!, ¡moto sin frenos! Nahuel se pone loco y todos disparan. Las chicas se esconden en el baño de nenas donde él no puede entrar y se queda rabioso en la galería.
Cuando nos vamos de la escuela, antes de meterme al auto de papá, lo veo arrastrar otra vez los pies y que tironea a su hermano.
– ¡Mirá papi, ese es Nahuel!
– Sí, ya me dijiste -dice papá, cansado de que le hable de él.
Nahuel vive cerca de casa y hace poco me pasó lo mejor desde que he nacido - ¡y ya hace ocho años que nací!- mamá me dejó ir a la panadería sola y me lo encontré. Él me invitó a la plaza que está a unas cuadras. Al principio no quería ir porque me daba miedo, pero Nahuel me convenció:
– Es un ratito, te muestro la ciudad de unos amigos y volvemos.
En la plaza nos dirigimos al árbol más gigante, con unas ramas gruesas que salían de abajo de la tierra. Nahuel caminó sobre ellas, en puntas de pie y sin zapatillas. Me dijo que me sacara los zapatos y lo imitara.
– Mis amigos viven dentro de este árbol, son un poquito más grandes que las hormigas -me contó Nahuel mientras hacíamos equilibrio- algunos son flacos como un alfiler y otros gordos como una bolita, ¡mirá ahí va uno! ¿lo ves?, tiene tantos colores como los cachetes de la señorita Nelly. ¡Nos invita a seguirlo, vamos!
Nahuel empezó a achicarse hasta llegar a la altura del hombrecito al que llamó Scott y juntos se introdujeron por un nudo del árbol, yo iba detrás. Caminamos por un pasillo largo con muchos recovecos, nos cruzamos con vaquitas de San Antonio más altas que Nahuel y… ¡recién ahí me di cuenta que yo también era del tamaño de una goma de borrar muy usada!
– Bienvenidos a nuestra ciudad -nos dijo el pequeño portero- aquí sólo pueden entrar los que aman la naturaleza.
En ese momento nos cruzamos con muchos seres coloridos, parecidos a Scott. Todos estaban muy ocupados, empujaban carretillas, cargaban palas y baldes, rastrillos.
– ¿Qué hacen? -me animé a preguntar.
– Nosotros somos los cuidadores de esta plaza. Tenemos que lustrar las hojas de los árboles, si una plantita está herida nuestra ambulancia sale a curarla, redondeamos las espinas de las rosas para que no lastimen, hacemos reuniones terapéuticas con las mariposas y los pájaros que están temerosos porque los cazan o rompen sus nidos.
– ¿Y quién es tan malvado que hace eso? -pregunté.
Mi nuevo amigo me miró tristemente y dijo:
– Los humanos.
Recorrimos parte de la ciudad porque era muy grande. Uno de los lugares que más me llamó la atención fue la “Enfermería para Peces” donde, en camillas de agua, estaban panza para arriba miles de pececitos. Algunos tenían una aleta lastimada, otros habían perdido sus bellos colores y estaban grises. El enfermero pintor los acariciaba hasta que de tan felices volvían a recuperar sus tonos.
– ¿Por qué no tienen colores? -preguntó Nahuel.
– De tanto llorar por las latas y las bolsas que las personas tiran en la fuente de agua donde ellos viven -explicó Scott y después de un suspiro largo agregó- ¡por hoy basta de preguntar, continuamos en la próxima visita!
Dicho esto Nahuel se infló y creció. Los dos estábamos apoyados en el árbol cuando vi que mamá cruzaba la plaza. Me puse las zapatillas y salí corriendo a alcanzarla. No sabía cómo iba a explicarle mi tardanza, pero mucho menos qué le iba a decir del calzado, porque apurada me puse las gastadas zapas de mi amigo que -acostumbradas a su dueño- me obligaban a arrastrar los pies.

lunes, 24 de marzo de 2014

Nació mi nombre

24 de marzo
Día Nacional de la Memoria
por la Verdad y la Justicia

Un cuento sobre el derecho a la identidad

Nació mi nombre


En el pueblo Sin Nombre todos se conocían y se mencionaban unos a otros diciendo: vos, nena, chico, verdulero, hijo del carnicero, la chica que vive frente al semáforo, la que camina con tranco de alambrador, la viuda del de la nariz torcida.
A medida que el pueblo fue creciendo empezaron las confusiones. Cuando pusieron tres semáforos una vecina le comentó a otra:
– ¿Sabías que la chica que vive frente al semáforo…?
– ¿A qué semáforo…?
– El que está a la vuelta de la carnicería.
– ¿De cuál carnicería?
– ¡Estoy hablando de la chica que vive frente al semáforo que está a la vuelta de la carnicería, de la que está enamorado el chico que vende pan! -contestó furiosa la vecina porque no la comprendían.
La noticia de tener un enamorado llegó a todas las chicas que vivían frente al semáforo y tenían una carnicería cerca.
– ¿Sabías que el que vende pan está enamorado de vos?
– ¡No, de vos!
– ¿De mí?
– ¡No, de ella!                                                                                           
Once jóvenes hermosas salieron a recorrer las tres panaderías y  ese día se vendió más pan que el acostumbrado. A las primeras once se le agregaron otras once, que vivían a media o una cuadra de los semáforos porque les llegó la noticia que “el que vende pan está enamorado de una señorita que vive por la zona del semáforo”. Todo el pueblo está en “la zona” de alguno de los tres semáforos, así que la tranquilidad pueblerina se convirtió en un alboroto cuando todas las jóvenes salieron en busca del enamorado.
Los chicos que vendían pan tomaron diferentes actitudes:
Los que estaban enamorados y se sintieron cohibidos no dijeron una palabra.
Los que no estaban enamorados, pero se sintieron halagados ante tantas bellezas se peleaban por ser el elegido: “el chico de la panadería enamorado soy yo”. “No, soy yo, tengo de testigo a  todos los vecinos que me han visto pasar por los semáforos”. “El que pasa diariamente por el semáforo soy yo y deseo que esté rojo muchas horas para ver salir a mi amada”.
A los panaderos se sumaron otros jóvenes -y no tan jóvenes- que buscaban novia y aunque hasta ese momento trabajaban ordeñando vacas o de payasos en fiestas infantiles, cambiaron rápidamente de oficio y se ofrecieron para trabajar en las panaderías, en algunos casos sin recibir pago, ¡porque hallar el amor no tenía precio!
El conflicto era cada vez mayor. Tuvieron que llamar al Juez que, por suerte, era uno solito que había llegado a aquel lugar tranquilo para no tener pleitos en su profesión. El juez después de escuchar cientos de comentarios y testimonios llegó a una conclusión:
– Las posibilidades de encontrar la pareja de enamorados está entre unos cincuenta jóvenes y otras tantas señoritas, ¡una cuestión imposible de resolver! Desde hoy dispongo que para evitar nuevas complicaciones, llamemos a cada uno por su nombre.
El juez que era muy práctico los puso a todos en fila y los identificó:
Trenza Semáforo.
Flequillita Semáforo.
Orejota Semáforo.
Y así siguió la lista, cada una con su nombre y apellido Semáforo.
A los caballeros los bautizó:
Chueco Panadero.
Rubio Panadero.
Narigueta Panadero.
Y así siguió la lista, cada uno con su nombre y apellido Panadero.
La cuestión se aclaró. Había muchos Panadero y muchas Semáforo, pero una sola “Pequitas Semáforo” y un solo “Sonámbulo Panadero”.
Prosiguió el Juez con sus indicaciones:
– Desde ahora en adelante, cualquiera que nombre a otro lo debe identificar con su nombre y apellido. De esta manera se previenen malos entendidos.
Y tac, toc, toc, toc, tac….puso sellos allá y acá, ¡lo que les costó un alto precio a las Semáforo y a los Panadero!, pero como eran muchos lo pagaron entre todos y el juez tuvo la esperanza de que nuevos pleitos surgieran.
Con el tiempo hubo cada vez más nombres y más bellos que los que puso el juez porque  surgieron de momentos mágicos que en el pueblo Sin Nombre se cuentan así:

Una  madrugada  nació esta linda morena de ojos grandes. Por la ventana su mamá  veía las flores mojadas por la humedad. Los ojos de la mamá también se humedecieron entonces los árboles y el paisaje entero recibieron gotitas de ese amor materno. La mamá, al ver cómo las gotas iban y venían de sus ojos grandes a la tierra, de la tierra al cielo… sintió una emoción que se hizo palabras y le habló al oído a su pequeña:
 – Desde hoy todos te conocerán por tu nombre Rocío del Cielo.


Así fue como la linda morena y otras niñas y niños comenzaron a tener nombres con historia, como te pasa a vos y me pasa a mí. Una historia que quiere salir cuando te nombran: Carlos, Mariana, Pablo, Pilar…una historia que podés contar.


Para ver el vídeo que hicimos con Sandra Luz y Pilar seguir el enlace:
DERECHOS

Propuestas para trabajar la identidad en Mi Sala Amarilla

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Derechos de los niños y las niñas

Para recordar el Día Universal de la Infancia, hicimos un nuevo Intercambio Creativo.

El derecho a la identidad se trata en este cuento ilustrado por Pilar y editado por Sandra Luz.

¡Un enorme placer crear junto a ustedes!




Blog de Pilar: Cuaderno de Colores
Blog de Sandra: Mi Sala Amarilla
Y más ideas en el blog de Ana:  AulaTic


¿Y tu nombre cómo nació? 

Contá tu historia. Hablar de quiénes somos y escribirlo también es un derecho.


martes, 8 de octubre de 2013

Los miedos se pierden entre colores y palabras

¿Qué miedos se guardan en la caja de los recuerdos de la infancia? ¿Quién hace crujir las maderas en la noche, qué esconden los rostros desconocidos, qué me espera al asomarme al mundo de lo nuevo...?
Un día espiamos en la cajita y algunos temores se escapan, 
¿dónde   colocamos ese miedo que regresa? 
Hemos decidido no esconderlo, dejarlo vivir en los cuentos, darle forma  y que, finalmente,  se esfume entre colores y palabras.

La ilustración forma parte de una serie de cuentos sobre los miedos de los niños (que también son nuestros miedos, en otros contextos). 

Autores: Guillermo y Ana Gracia


Ilustración de Guillermo Haidr

Para ver otros trabajos de Guillermo visitar http://www.guillermohaidr.blogspot.com.ar/

 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Un 22 de agosto nació cuentosdetihada

En estos 4 años muchas historias


algunas ilustradas  


otras volaron a las escuelas


anduvieron cerca y muy lejos


cruzaron la cordillera y el océano


me trajeron amigos y nuevas historias...




¡Gracias Sandra por el vídeo, un nuevo intercambio que hacemos juntas!

¡Gracias a todos los que se sumaron a los Intercambios Creativos!

¡Gracias a los que leen, comparten un cuento con otros, dejan mensajes...!







lunes, 29 de abril de 2013

Día del animal

¡¡¡Nuestros queridos animales se merecen tener su día!!!

 

Para homenajear a esos seres que tanto nos acompañan, comparto un fragmento de una de mis novelas inéditas


Desde que empecé a contar mi vida en este diario esta Cheri, mi perro, calentándome los pies que los agarra de almohada y por nada del mundo se va a mover hasta que yo no me pare. Cada tanto levanta la cabeza y me mira, me parece que quiere que cuente sobre él, así que le voy a dar el gusto:
Resulta que mi hermana da clases particulares de inglés porque está juntando dinero para el viaje de egresados. Una alumna le trajo de regalo a mi perrito (bueno, Catalina dice que es de ella) y a Cata se le ocurrió ponerle “Sheriff” porque sabe inglés; pero en casa mamá, papá y yo le decimos Cheri, nos sale así y ahora todos -menos Cata- lo llaman como nosotros y Roberto -uno de los pensionistas- le grita:
– ¡Hola Chori, vení Chori!
Mi perro -que es muy vivo- entiende que le habla a él y corre a la camioneta a buscar carne que le trae del campo, unos huesos grandes que pasa horas mordiendo.
Iba a contar sobre mí y al final empiezo el diario hablando de Cheri, porque mi perro y yo somos casi lo mismo, andamos para todos lados juntos y nos copiamos. Será por eso que cuando canto mi hermana dice:
– ¡Dejá de ladrar nena!
Y cuando mi perro ladra todos opinan:
¡Este perro parece que habla!




lunes, 22 de abril de 2013

En el día de la Madre Tierra

Intercambio Creativo con Vivi y Sandra


El texto de la fotopoética es un fragmento de "Cuento para Hoja"  
que los invito a leer 




¡Sandra y Vivi un placer crear con ustedes!


martes, 16 de abril de 2013

A la niña sin edad



Por la niña que tenés
la que no tiene edad
para ella esta Fotopoética


Gracias niñas amigas, por atreverse a crear, jugar, divertirse...


 El texto de la fotopoética es un fragmento del cuento:
"Abandono abandonarla"



Un grupo de niños jugaba en las hamacas. El frío del atardecer otoñal llamó a resguardarse. La plaza quedó solitaria y yo todavía sentada ahí. Me dispuse a marcharme y la vi. Debo admitir -antes que me culpen por eso- que le sonreí. Me devolvió la sonrisa y vino decidida hacia mí. Era descortés irme sin preguntarle su nombre, estaba a pocos metros cuando le dije:

– ¿Cómo te llamás?

No respondió.

Levanté la vista. No había ningún mayor en la plaza. Solas la niña y yo.

¿Qué padres tendrá esta criatura -pensé- que la dejan a tan corta edad? No es mi tema, sabrá andar sola, me justifiqué.

Di media vuelta para irme. Escuché a la niña que corría. Sus pasos estaban cerca. Sí, venía hacia mí.

– ¿Estás sola?



– ¿Dónde  vivís?



Si no quería contestar tal vez era lo mejor. No saber nada, no entender nada. Está lleno de chicos en la calle. Si averiguamos mucho hasta nos pueden acusar quién sabe de qué atrocidades. Mejor irme. El semáforo en verde no me permitió cruzar. Los autos pasaban a toda velocidad en la  calle 32, camino a la autopista a Buenos Aires.

Sentí su mano que firme apretó la mía. Los autos se detuvieron. Cruzamos. En la vereda solté su mano. La miré. Traté que sonara amable lo que iba a decir:

– Me tengo que ir…

Caminé unos metros, la vereda del supermercado Chino y la del taller mecánico. No quería darme vuelta a comprobar si regresaba a la plaza o entraba al supermercado o…No fue necesario mirar, sentí sus pasos. Eran tan firmes como los de una mujer que taconea queriendo ser escuchada. Era ella, estaba segura.

Llegué a la esquina, doblé por 13, corrí cinco metros, como cuando huímos de un perro para despistarlo. Escondida detrás del árbol tiritaba. ¿Por qué?, no estaba abandonando a nadie. Que se entienda: fui sola a la plazoleta y sola quería regresar. Sola.

Se fue, sí se fue –pensé. Hacía más de 15 minutos que yo estaba ahí, escondida. Era momento de seguir. Me moví sigilosamente, las ramas del árbol también se movieron animosas. Una rama cayó sobre mi hombro. La niña estaba subida al árbol. Sonreía.

¡Sos una malvada, insolente, maleducada…!

Sentimientos que no me atreví a pronunciar.

Es sólo una niña. Es sólo una niña. Es sólo una niña.

Repetí para convencerme de no reprenderla.

Un golpe certero me hizo trastabillar, mi cabeza quedó dentro de un canasto de basura, me enderecé rápidamente, estaba bien…bien pesada la espalda. No quería entender lo  evidente: esos dos pies que colgaban desde mis hombros no eran míos (siempre tuve el delirio de ser contorsionista pero jamás hice ni un ejercicio de estiramiento).

Convencete -me dije- los pies son de ella, la nena.

No me gustó nada esa actitud impertinente, ¿o exagero? ¿qué hubieran opinado ustedes de una mocosa que se tiró desde el árbol y me hizo comer basura?, todo porque a ella se le ocurrió que la llevara a caballito.

Bueno, tal vez nadie en toda su vida la llevó a upa. No sé por qué me eligió a mí, pero hasta la esquina no me cuesta nada, reflexioné.

– Sólo hasta la esquina, ¿entendés?

No quiso entender. Me fui con la chica a casa.

Tuve que ponerme a rayar manzana con banana pisada y miel. Y cuentos por la noche y cuentos por la mañana, cuentos a toda hora, ya no sabía qué inventar, hasta saqué a relucir mi historia familiar y eso me trae dolor de vientre.

Arroparla para que se calme.

Llevarla a la cama cuando se quedaba dormidita…quiero decir dormida como una marmota. Y cantarle canciones de cuna cuando no se podía quedar dormida como una marmota.

Y los chupetines.  Eso fue lo peor. En el barrio no la pude ocultar más. El quiosquero a los menores les vende cerveza, pero a mí no me dejó pasar lo de los chupetines y eso que son redonditos,  no ando con el chupetín paleta sacando la lengua.

– No, no tengo hijos.

– No, no regalo golosinas.

– Son para mí (cara de asombro del tipo, como que es una locura, soy de pronto una revolucionaria por comer chupetines a mi edad). Es decir, son para la nena que vive conmigo, aclaro.

Antes que apareciera en mi vida, los días de lluvia me quedaba tomando un café caliente y comiendo salado y luego dulce y después salado. Pero con ella tuve que salir. Ella quería chapotear y mojarse el pelo, poner barquitos en los charcos en plena lluvia.

Los familiares y amigos le tomaron cariño, más que el que me tenían a mí.

– No la entendés.

– Hay que tener paciencia.

– ¡Es apenas una nena!

Hasta que se negó a ir a la escuela.

Que es una nena grande. Que entiende. Que no hay que fomentar caprichitos. Que la paciencia tiene un límite.

Eso dicen porque un día la dejé a cuidado de ellos, hasta se ofrecieron, amables, protectores. El tercer día las caras de culo eran notables, aunque no lo dijeran. Los entendí, nadie deseaba arrastrar con la infancia ajena o tener que buscar en alguna foto vieja la propia. Desligarse con excusas, eso hicieron.

–Ya es hora que la pongas en su lugar.

Cuál es su lugar me pregunté al verle los párpados pintados con chocolate y andar a caballo del perro, la escoba, el gato.

Cuál es mi lugar.

Cuál es el lugar de los que hablan de lugares.

Así anduvimos. Nos mirábamos, solitarias. Estaba claro que nadie quería una nena que llegara de visita y se pusiera a saltar en la cama y pidiera postre y hablara mientras los demás miraban el partido.

Y qué otra cosa me quedaba que contarle cuentos y hacer el recorrido de las ferias:  la plaza  de 19 y 44, Islas Malvinas, hasta la Vieja Estación hemos llegado.

Eso hice, una tarde y otra.

Hasta la desesperación lo hice.

Hasta pensar en empujarla del puente que cruza la 72, ese donde hay olor a pis.

Hasta esta tarde.

Fui a plaza Moreno con la esperanza de encontrarme a otro que anduviera con un chico colgado, un chico que no le pertenezca y sin embargo sea enteramente de él. Deseaba encontrar ese humano que sacara a pasear despavorido el lastre para que, al fin, la niña tuviera un amiguito con quien jugar y a mí me dejara en paz.

Hasta hoy que los vi.

Ahora, lo confieso, mi deseo íntimo es que la niña no me abandone y que nos pongamos a jugar los cuatro. A jugar sin asco, sin miedo y sin límite. A jugar a lo grande.



Ana Gracia/Tihada